Me gusta

Hoy en día se abre mucho debate en torno a la identidad personal. ¿Cualquier decisión que uno tome debe ser aceptada sin acompañamiento? ¿Plantear el acompañamiento puede interpretarse como no aceptar a la persona tal y como es?

Son dilemas que todos vivimos. Además, están atravesados por muchas influencias sociales que a veces no sabemos bien cómo integrar.

Queremos compartir una anécdota que, en apariencia, parece lejana a estas preguntas. Sin embargo, guarda una relación profunda con cómo preparamos a los niños para afrontar sus propias dudas y también las situaciones de los demás.

Cuando los niños son pequeños y están en clase, es habitual preguntarles qué tal ha ido el fin de semana. Como todos quieren participar, la actividad podría alargarse demasiado. Por eso, solemos acortar con una pregunta concreta: ¿qué es lo que más te ha gustado?

Con esta formulación, un niño probablemente responderá aquello que haya vivido más recientemente. También elegirá lo que le haya resultado más intenso y, seguramente, más agradable. Pero ese niño todavía no ha desarrollado el gusto al enfrentarse a la pregunta.

Desde este enfoque, el gusto puede entenderse como algo caprichoso, aleatorio e incluso indomable. Parece simplemente una reacción ante la realidad. Además, muchas veces se convierte en el criterio principal para elegir: “si te gusta, adelante; si no te gusta, busca otra cosa que sí te guste”.

¿Cuántas veces nos encontramos educando así? ¿Y cuántas veces descubrimos cierta incoherencia en nosotros mismos cuando pedimos a los hijos o alumnos que se esfuercen o hagan cosas que aquí y ahora no les apetecen?

En realidad, lo que me gusta no habla solo de una reacción inmediata. También expresa una complejidad mucho mayor que podemos conocer. Habla de las experiencias pasadas, de las relaciones con los demás y de cómo interpretamos la realidad.

Por eso, no educamos el gusto de los niños simplemente preguntándoles qué es lo que más les gusta. Necesitamos preparar, de forma más pausada, todos los procesos previos.

Primero necesitamos recordar todo lo que hemos vivido. Así evitamos quedarnos solo con lo último o con lo más impactante. Después, necesitamos valorar por qué cada experiencia ha sido importante. Más tarde, podemos descubrir criterios que nos ayuden a ordenar el gusto.

Por ejemplo, si pasear con papá te gustó y merendar chocolate también te gustó, ¿cómo descubrir qué es lo que más te gusta? Ahí es donde comenzamos a preparar al niño para responder de manera más profunda.

Poco a poco, vamos educando a los niños para que, ante una experiencia difícil, una duda personal o incluso una crisis de identidad, no se limiten a buscar simplemente lo que les gusta o lo que les hace sentir bien. Queremos que también puedan preguntarse por qué.

A mí comer chocolate todos los días me sabe rico y me agrada. Sin embargo, sé que no es bueno a largo plazo. Juntarme con un grupo de personas también puede hacerme sentir bien y parte de un grupo. Pero necesito preguntarme por qué me junto con los demás.

¿Es por la experiencia de encuentro con ellos? ¿Porque nos vamos conociendo, nos ayudamos y disfrutamos del tiempo libre? ¿Porque volvemos a casa un poquito mejor de lo que estábamos? ¿O porque, al volver a casa, termino despreciando lo que veo porque fuera estaba mejor?

Necesitamos ayudar a los jóvenes a tener criterios para mirar la vida y las relaciones con perspectiva. Necesitan más recursos que únicamente “lo que me gusta” o “lo que no me gusta”.

Lo que me gusta —y también lo que no— habla de nosotros y de cómo vivimos. Por eso, merece la pena preguntarnos cómo estamos acompañando a los jóvenes en sus decisiones diarias. La meta es que puedan ir más allá de su gusto inmediato.

¿Que va a invitar a sus amigos al cumpleaños? Pensemos el porqué de cada paso que damos. Intentemos descubrir criterios más profundos que aquello que simplemente me da gusto.

¿Que vamos a planificar el fin de semana? ¿Que tenemos que resolver una discusión en la familia? Ante cualquier situación, tanto en las más agradables como en las más difíciles, podemos preguntarnos cómo las vivimos. También podemos pensar cómo apoyarnos en las personas que nos rodean para disfrutarlas más.

Porque el disfrute no se reduce únicamente a “sentirme bien” en este momento. A veces, lo que más nos ayuda a crecer no coincide con lo más fácil, lo más inmediato o lo más agradable.

Y precisamente ahí aparece la necesidad de acompañar. Necesitamos poner palabras a lo que vivimos y descubrir criterios que ayuden a mirar la realidad con más profundidad.

Entonces, la pregunta quizá no sea solamente “¿qué me gusta?”. Tal vez la pregunta sea otra: ¿cómo ayudamos a los niños y jóvenes a conocerse, interpretar lo que viven y tomar decisiones con sentido? ¿Cómo les acompañamos para que construyan criterios propios más allá de lo inmediato?

Tal vez ahí esté una de las tareas educativas más importantes de nuestro tiempo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.