Se acerca la Navidad y vuelven las listas de regalos.

Entre ellas, una pregunta bastante habitual: ¿qué juguete le compro?

Buscamos que les guste, que lo aprovechen, que puedan jugar solos, que jueguen con otros… Y también es frecuente que valoremos si un juguete es «educativo», si desarrolla la creatividad, el lenguaje o alguna otra capacidad.

Todo esto puede tener sentido.

Pero quizá haya una pregunta anterior: ¿y si el juego no tuviera que servir para nada?

No porque el juego no tenga consecuencias en el desarrollo infantil. Las tiene, y muchas.

Sino porque su valor no está, en primer lugar, en lo que produce.

El juego tiene valor porque hay encuentro.

El juego infantil no es hacer algo juntos. Es crear algo juntos

Cuando un niño juega con otra persona, no está simplemente realizando una actividad al lado de alguien.

Está construyendo una realidad compartida.

Por eso hablamos de co-creación. El juego no es una creación individual a la que después se incorpora el otro. El otro forma parte del juego desde el principio.

Una mirada. Una respuesta. Una pelota que va y vuelve. Un «ahora tú». Un cambio de turno.

Son experiencias muy sencillas, pero en ellas el niño comienza a descubrir algo fundamental:

puede construir algo con otro.

Y esto ocurre mucho antes de que pueda explicarlo.

¿Qué aprende un niño cuando juega?

En La cuna de la humanidad, José Víctor Orón plantea que, cuando el niño juega, está respondiendo a tres grandes preguntas de la vida humana:

¿Quién soy yo?
¿Quién es el otro?
¿Qué es el mundo?

El niño no responde estas preguntas haciendo un examen ni hablando sobre ellas.

Las responde jugando.

Cuando juega a ser otra persona, ensaya formas de estar. Cuando convierte una cuchara en un teléfono, descubre que puede dar un significado nuevo a la realidad.

Cuando inventa una norma, cambia un papel, propone algo y el otro responde, está experimentando qué significa construir una realidad con alguien.

Son los primeros ensayos de personalidad.

El niño descubre que puede crear significados y compartirlos. Descubre que puede transformar simbólicamente el mundo.

Descubre que el mundo puede servir para algo tan importante como estar juntos.

El juego también enseña a vivir juntos

Pensemos en cualquier juego sencillo.

Hay turnos. Hay normas. Hay momentos en los que toca esperar. Hay que aceptar que el otro haga algo diferente a lo que uno esperaba.

Y esto no es un añadido al juego.

Las normas hacen posible que podamos jugar juntos.

Si una norma permite que el juego continúe y que todos puedan participar, el niño descubre que la norma está al servicio de una experiencia valiosa.

Pero si las normas se utilizan únicamente para que alguien pueda imponerse sobre los demás, la experiencia será muy diferente.

Por eso, el juego también es una primera experiencia de vida compartida.

No hace falta explicarle a un niño qué es la convivencia para que empiece a descubrirla.

La vive.

El juego nos permite mirar también cómo somos los adultos

Hay otra razón por la que merece la pena prestar atención al juego:

los niños juegan con lo que viven.

En sus juegos aparecen las personas que tienen alrededor, sus formas de hablar, de actuar y de relacionarse.

El juego de roles permite al niño ponerse en el lugar de otros y contemplar la realidad desde distintos puntos de vista.

Y, al mismo tiempo, puede permitirnos a los adultos descubrir qué ha visto nuestro hijo en nosotros.

Porque cuando un niño juega a ser adulto, muchas veces no inventa desde cero.

Reproduce lo que ha vivido.

Por eso, su forma de jugar también puede ayudarnos a preguntarnos cómo estamos siendo nosotros.

¿Por qué el juego es importante para el desarrollo infantil?

El juego favorece muchas dimensiones del desarrollo: la creatividad, el lenguaje, la comunicación, la capacidad de ponerse en el lugar de otro, la flexibilidad del pensamiento y la capacidad de construir significados.

Pero en AeC nos interesa mirar un poco más allá de sus beneficios.

Porque si pensamos únicamente en para qué sirve jugar, podemos terminar convirtiendo el juego en una herramienta para conseguir otros objetivos.

Y el juego es mucho más que eso.

El juego tiene valor en sí mismo.

Si al terminar de jugar no hemos producido nada, pero hemos estado juntos, hemos creado algo compartido y hemos disfrutado de ese encuentro, entonces ha sucedido algo valioso.

El juego nos ayuda a descubrir que el valor no siempre está en la utilidad.

Esta Navidad, ¿qué estamos regalando?

En estas fechas aparecen muchas propuestas de juguetes y muchas promesas sobre lo que cada uno puede aportar al desarrollo de nuestros hijos.

Quizá merezca la pena detenernos un momento.

No para juzgar lo que compramos.

No para convertir el juego en otra obligación educativa.

Sino para hacernos algunas preguntas:

¿Estamos buscando juguetes que entretengan a nuestros hijos o espacios que les permitan encontrarse?

¿Cuánto valor damos a un juego precisamente porque no produce nada?

¿Qué descubren nuestros hijos de nosotros cuando jugamos con ellos?

Quizá la cuestión no sea encontrar el juguete perfecto.

Quizá sea recuperar nuestra capacidad de jugar juntos.

Porque jugar es mucho más que entretenerse.

Es uno de los primeros lugares donde una persona descubre que su vida tiene valor para otro, que puede crear significados, transformar la realidad y construir algo con los demás.

Y eso sí merece la pena seguir desarrollándolo durante toda la vida.

Siempre podemos seguir creciendo.

Scroll al inicio
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.